16 de junio de 2025

Algunas personas piensan que la creatividad es como una llave que los diseñadores, escritores y artistas pueden abrir cuando quieran, como si el talento fluyera a voluntad cada vez que se acerca una fecha límite.
Pero la mayoría sabemos que, en realidad, suele sentirse más o menos así:
Una distracción. Una página en blanco. Un cuadro gris, una flecha, algo de texto. Ah, espera. Eso no sirve. Déjame intentarlo de nuevo. Retroceso. Mirar al techo. Mirar el teléfono. Preparar café. Beber café. Reflexionar. Rumiar. ¿La La Croix de coco de verdad es tan mala? ¿Por qué todo el mundo habla de White Lotus? ¿Cuándo fue la última vez que regué esa suculenta? Juro que, si muere esta vez, renuncio a las suculentas para siempre. Ah, cierto, se supone que debería estar trabajando.
Soy Zach Leach, director de Diseño y diseñador fundador de Gamma, donde construimos herramientas diseñadas para transformar cómo funciona la creatividad: herramientas para dar paso a la imaginación y para compartir ideas. Como diseñador, he pasado años navegando en una industria donde la creatividad a menudo se malinterpreta. Clientes, gerentes y partes interesadas a veces suponen que la creatividad no requiere esfuerzo: un acto de desaparición o un truco de magia en lugar del resultado de elecciones intencionales, de iteración metódica y de innumerables decisiones sutiles. Y sin embargo, el mundo espera que entreguemos resultados. Bajo demanda. Según lo programado. "Solo sé creativo".
Pero la creatividad no es como pedir una bolsa de papas. La creatividad es salvaje, maravillosamente impredecible; se parece más a sacudir la máquina expendedora porque tu bolsa se atascó a medio camino y golpeas el vidrio, esperando que nadie pase y te vea tal como eres: con ganas de conseguir aunque sea una pizca de inspiración.
La creatividad no es como pedir una bolsa de papas.
La creatividad, la resolución de problemas, el diseño (como quieras llamarlo) es una habilidad. Creas cien cosas que no funcionan para que la número ciento uno salga más o menos bien. Puede que pases una semana preguntándote si este trabajo es para ti, mientras piensas: “¿Se dará cuenta mi líder que en realidad soy solo tres mapaches disfrazados que saben atajos de Figma?”. No, no se va a dar cuenta. Te lo aseguro. Al menos los buenos líderes no, porque ellos también empezaron igual (aunque usaban Sketch).
No entiendo por qué esperamos que las personas se sienten y creen cosas “bajo demanda”. Hemos convertido en mercancía lo que más se resiste a serlo: ese acto desordenado, impredecible y profundamente humano de crear algo desde la nada. Aun así, todo nuestro panorama mediático, lo que marca la cultura actual, depende de creaciones de personas que se preguntan: “¿Y si un profesor de química con cáncer decide vender metanfetaminas?” o “¿Y si un jefe de la mafia va a terapia?”.

En Gamma, creemos en abordar precisamente ese elemento humano y caótico de la creatividad: la temida página en blanco. Conozco bien esa sensación. He pasado mi carrera frente a distintos lienzos vacíos, preguntándome por dónde empezar. Esa experiencia, años enfrentando los retos del proceso creativo, inspira mucho de lo que hemos creado, desde funciones de IA que te ayudan a pasar de nada a algo, hasta herramientas que impulsan la iteración, el perfeccionamiento y la exploración.
La televisión, el cine, la música, las novelas, las aplicaciones... todo surge de alguien que mira una página en blanco o un cursor parpadeante y, aun así, decide crear algo. Piensa por un momento en el milagro absoluto que eso representa. A pesar de nuestra torpeza, la postergación y la angustia existencial, las personas logramos componer sinfonías, escribir comedias, pintar cuadros, crear poesía, grabar TikToks y filmar películas tan conmovedoras y hermosas que pueden hacer llorar al mismo tiempo a trescientas personas desconocidas sentadas en la oscuridad.
Hemos convertido en mercancía aquello que más se resiste a serlo: el acto desordenado, impredecible y profundamente humano de crear algo desde la nada.
Y por eso lo hacemos. No porque sea fácil, sino porque, de vez en cuando, entre tanto golpeteo y sacudidas a la máquina expendedora, algo encaja. Una idea hace clic. Una frase funciona. Un diseño resuelve lo que parecía imposible hace solo unos minutos. Ves una prueba de usuario que te devuelve la fe en lo que estás creando, cuando alguien sonríe y dice: “Ah, qué genial”, y entonces, de pronto, vuelves a estar ahí. Vuelves a encender la chispa, te quedas despierto hasta pasada la medianoche, surfeando la ola.
La creatividad no fluye; avanza a trompicones, con pausas y arranques, tropezando como una niña o un niño que aprende a caminar. Es un acto de vulnerabilidad. Un acto de amor, un acto de fe. La creatividad nos invita a confiar en la esperanza de que estos pasos torpes y frustrantes, con el tiempo, se transformarán en algo valioso, algo digno de compartir, algo que inspire, enseñe o tal vez transforme a alguien, aunque sea solo un poco.
Y luego, lo volvemos a intentar mañana. Aprendemos, crecemos y tropezamos un poco menos con el tiempo, aunque los tropiezos nunca desaparecen del todo, y eso tiene su encanto, ¿no crees? Me refiero a la parte de tropezar. Porque revela quiénes somos en realidad: seres imperfectos y llenos de esperanza, tratando de darle sentido al caos y compartiéndolo con otras personas, diciendo: “Toma, quizá esto también signifique algo para ti”.
Así que, la próxima vez que te encuentres frente al cursor parpadeante o una hoja en blanco y sientas esa inquietud creciente (esa sospecha persistente de que, quizá esta vez, la inspiración de verdad no llegará), recuerda esta verdad gloriosa y un poco absurda: no estás solo, compartes este momento con grandes mentes.
Para saber más sobre cómo el equipo de Zach genera ideas creativas mientras mantiene la calidad del diseño, escucha su episodio del pódcast "How I AI".
